New haircut, same old me.

Puras mentiras eso de “nuevo corte, nuevo yo”. Soy la misma Ana de siempre. Solo que hoy me atreví.

Esos cochinos medios de comunicación que nos han obligado a creer que ser bonita es ser talla dos y con cara afilada. Y pues nosotras las que somos gente normal usamos nuestro cabello largo como escudo cuando vienen esos días de depresión. Me tapo un poco la cara y el cuerpo con mi cabello… y ya me siento un poco mejor.

Bueno, eso hacía yo. Y ya no quiero hacerlo.

Así que me atreví.

Así ahorramos en shampoo y no nos permitimos escondernos.

 

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Nueva Etapa

Pues se acabó la universidad. No más tareas, exposiciones, laboratorios. It’s all over people. Mi kárdex dice EGRESADO. Mi carta pasante está en trámite, pronto lo estará el título. Después de 22 años de saber exactamente a dónde iría de lunes a viernes, estoy en mi casa leyendo a media mañana. No lo niego, es muy cómodo… pero también es muy raro.

Llegó la hora de imprimir currículums de poca extensión y repartirlos por las esquinas. A quien sea. Donde sea. ¡Contrátenme! Soy una estadística más, una de esos miles de NINIs.

¿Qué hacer? ¡Aprovecha el desempleo!

Esos minutos tampoco vuelven, hay que ponerlos en acción. Y por eso por fin nació Los Cristianos También Leen.

Un proyecto que tiene tiempo en mi mente y en mi corazón (figurativamente, no ocupo cirugía), ¡ya es real! Te invito a visitarlo y a aprender conmigo. Como siempre.

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Cosas que extraño de ser niña

1. La decisión más difícil que tenías que hacer en la vida era qué sabritas comprar: Nada de universidades, empleos, lidiar con gente odiosa. Solo cinco pesos (sí, en ese entonces cinco pesos) y un mundo de sabritas frente a tus ojos. Ruffles con crema y especias… mmm…

2. Nadie te juzgaba por ir descalzo por el mundo: Lo admito, en mi boda estuve descalza la mayoría del tiempo. Me vale. Pero si fuera chamaca, nadie me miraría con malos ojos. Con gusto me lavarían las patitas llenas de tierra. Pero ya no.

3. Tonterías sin remordimiento: Me encanta decirle a los niños “ya quiero que estés grande para contarte lo que acabas de hacer y que te de mucha vergüenza“, pero la verdad, es que tal vez tengo un poco de envidia. Los niños, en su inocencia, hacen lo que bien les parece, sin miedo y si penas. Libertad.

4. Tiempo para ser lo que sea que quieras ser: Un día se te antojaba agarrar un cepillo de dientes viejo y buscar piedritas bonitas en la cuadra, ya eras todo un arqueólogo. Al siguiente, buscar moscas en las ventanas y observarlas bajo una lupa. Pero la siguiente semana olvidabas la ciencia y bailabas como loco por la sala frente a tus osos de peluche. Cientos de posibilidades, todo el tiempo del mundo.

5. Sin miedo a preguntar: ¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué no debo correr con tijeras? ¿Por qué no me dejas tomar más soda? Preguntas, preguntas que no temías hacer, y con muchas ganas de aprender con la respuesta. A los adultos nos da miedo preguntar, no queremos quedar como tontos. Preferimos que la gente piensa que sabemos aunque no sepamos nada de nada. Que tristeza, por eso estamos como estamos.

Y tú, ¿qué extrañas de ser niño?

Menos de un mes.

Menos de un mes.

A cuatro años y medio de haber querido estudiar teatro mientras mi mamá me decía “estás pero que bien loca”, en menos de un mes acabo mis materias de Químico Biólogo Clínico.

Íngasu, que miedo.

Jajaja nah, todo bien. No… no es cierto. Tengo miedo. Mentira, casual.

Ok, ya.

La verdad es que me emociono. Otra etapa. Extrañaré ser estudiante universitaria, pero sé que vienen cosas muy interesantes. Aquí unas cuantas cosas que aprendí en estos cuatro años y medio, que no tienen nada que ver con mi carrera:

1. No te cierres a lo que “siempre quisiste estudiar”:

Como ya les dije antes, el bichito de la actuación me picó en mis años preparatorianos. Según yo, quería ser actriz. Mi mamá me dijo NO y pues me acordé que en la secundaria me gustaba la química. Y me metí a estudiar química. Ahora, no digo que estudies lo que te dicen tus papás, pero sí es MUY MUY MUY buena idea escuchar lo que tienen para decir y escucharlo con la cabeza fría. Resulta que el teatro más bien fue una etapa para mí (a pesar de ser algo que aún disfruto mucho) y nunca jamás en la vida me arrepentiré de haber estudiado Químico Biólogo Clínico.

2. No estás estudiando “ser algo”:

Cuando me preguntan qué estudio, para no hacerles el cuento largo, solo digo “para ser de esos que sacan sangre y hacen análisis en los hospitales” (en serio, si digo Químico Biólogo Clínico solo ponen cara de ‘what?‘). Pero, en realidad, la carrera es para enseñarte un abanico de herramientas para que las uses COMO SE TE DE LA GANA cuando te titules. Por ejemplo, en los últimos semestres de mi carrera descubrí un área (divulgación científica) a la que me encantaría dedicarme. Así que para allá le estoy tirando, no me interesa trabajar en un laboratorio de hospital, prefiero escribir, enseñar, divulgar. ¿Y tú?

3. Invertir, invertir, invertir:

Hace un tiempecito escuché una TedTalk de una psicóloga que iba en contra de la idea esa de que “los treinta son los nuevos veinte”. ¿En qué sentido? Bueno, la juventud de ahora se ha vuelto algo perezosa. Salen de la universidad sin saber qué quieren hacer, agarrar cualquier trabajo y ahí se la pasan. Llegan los treinta, siguen en ese cualquier trabajo y así se va la vida. No hay enfoque, no hay dirección. Pero hay que invertir. Descubrir qué es lo que quieres hacer con tu carrera e invertir. Que lo que leas, te lleve a saber más de lo que quieres hacer. Que el trabajito que agarres, te de habilidades que te serán útiles para lo que quieres lograr. Y siempre seguir con la vista en la meta. No acomodarse. Aprender, aprender, aprender. Invertir.

Así que me queda menos de un mes. Ya no seré estudiante universitaria, pero siempre seré estudiante. Y eso me pone contenta.

“Me gusta tu estilo”

Estaba yo, muy quitada de la pena, en el baño de la congregación. Lavándome las manos, casual… lo de siempre. Entonces, entraron dos chavitas que conozco desde hace ya varios años.

Me gusta tu estilo.” me dijo una de ellas, mientras me miraba en el espejo.

¡Ja! Si yo no tengo estilo.” contesté.

Si tienes.” terminó sencillamente.

Y me fui.

Me fui pensando. Porque, en serio (de verdad, se los prometo), me considero una persona sin “estilo”. Y por “estilo” me refiero a todo eso que vemos en las páginas de moda de hoy en día. Accesorios bonitos, maquillaje perfecto y ropa adecuada para cada ocasión. Todo acompañado de un cuerpazo, por supuesto.

Pero bueno, si una chica de 12 años dice que tengo estilo, tengo que tenerlo… ¿no?

Entonces, como siempre, me fui a acosar a mis compañeros de la Real Academia Española:

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Conclusión de mi exhaustiva investigación: el estilo es algo propio, personal.

TODOS tenemos estilo. Algo que nos define, nos distingue. Puede o no tener que ver con la forma en que nos vestimos. Pero, yo creo, más que nada, es la forma en que nos proyectamos. Es ese “no se que” que nos hace diferentes a los demás.

Tal vez es tu sonrisa, tu manera de hablar (cofmarthapaolacof), tu sentido de la moda o tu mirada.

Así, que la próxima vez que alguien me diga “me gusta tu estilo”, solo diré gracias. Aunque traiga un chongo y mis lentes de abuelita.